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Críticas de VERANO DEL 85 por el alumnado del Máster en Crítica Cinematográfica

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Gracias al acuerdo que la ECAM mantiene con Golem, el alumnado del Máster de Crítica Cinematográfica de la ECAM y Caimán Cuadernos de Cine ha podido ver Verano del 85 en los Cines Golem Madrid con el descuento del carné ECAM. Les invitamos a escribir una crítica de la última película de François Ozon y hemos seleccionado dos de ellas:

Verano del 85: el agridulce y eterno amor adolescente por Carolina Alonso Fernández

Que el verano es la época adecuada para crear una emotiva historia de amor adolescente es todo un hecho, y eso es algo que François Ozon ha sabido explotar muy bien en su nuevo largometraje. El galardonado cineasta francés vuelve a interesarse por los entresijos y el cambio instantáneo y drástico que supone la llegada de la adolescencia —algo que ya se vislumbraba en películas como La piscina (2003) o Joven y bonita (2013)—, haciendo de Verano del 85 —su libre interpretación de la novela Dance on my Grave (1982) del escritor británico Aidan Chambers— una suerte de Call me by your name “a la francesa”. Las elecciones artísticas del director, como la de la marcada estética ochentera y la situación geográfica en la soleada costa normanda, conforman un escenario más que propicio para que pueda darse ese inocente y estimulante primer amor entre los jóvenes protagonistas: Alexis (Félix Lefebvre) y David (Benjamin Voisin).

Casi a la manera de un Rimbaud y un Verlaine a la moderna, los dos jóvenes se embarcan en una relación sentimental que, como todo buen amor de verano, finalmente está condenada al fracaso. Y es así como da comienzo la película, con una estrepitosa escena inicial que muestra a Alexis detenido, a un paso de ir a juicio, quien a partir de ahora será nuestro —aparentemente fiel— narrador, y quien muy acertadamente nos advierte de antemano de que la historia que vamos a presenciar versa sobre un cadáver que conoció en vida; y sí, ese cadáver es ni más ni menos que David. Esta crónica de una muerte anunciada es lo que le permite a Ozon presentar su reconocible juego de paralelos en el que se entremezclan la realidad y la ficción —fórmula que ya había utilizado en su película En la casa (2012)—, y que mediante el uso de los saltos temporales logra crear esa confusión entre la subjetividad que se esconde tras la historia que narra Alexis y la realidad de los hechos que van sucediendo ante nuestros ojos. ¿En qué medida la historia se narra antes de suceder? ¿Hasta qué punto el propio personaje quiere confundir los hechos y la literatura?

Quizá esto no sea lo más importante, sino que lo que realmente subyace en la trama de esta cinta es la eterna lucha entre el carpe diem y la necesidad de creer en la trascendencia del amor; ambos, David y Alexis, son auténticos polos opuestos —resulta irónico que, en cierto modo, Alexis esté obsesionado con el topos de la muerte y que, por otro lado, David no parezca temerla en absoluto—, y cada uno de ellos actúa de una manera muy diferente cuando se enfrentan a la idea de la fugacidad de la vida, haciendo que inconscientemente nos preguntemos con quién nos identificamos más, volviéndonos partícipes de una forma u otra de esta historia que una vez pudo haber sido la nuestra. El paso de la inocencia y el doloroso aprendizaje se ven reflejados en este melancólico recuerdo que es Verano del 85: un glorioso escape de la cruda realidad y, sin duda, una gran bocanada de aire fresco que nos permite disfrutar de la más pura simpleza del cine en los tiempos post-confinamiento.

 

 

El último verano por Amaia Zufiaur

El último trabajo de François Ozon es una película melancólica, con muchas referencias al pasado, a la época en la que transcurre: los ochenta. Una década que cada vez tenemos más cercana porque el cine, las series e incluso la música de los últimos tiempos beben de ella. Lo que nos hace añorar a muchas personas, una época que ni siquiera hemos vivido pero que está en el imaginario de todos. En las paredes de los protagonistas podemos ver fotos de Robert Smith, Freddie Mercury y de películas de los ochenta. También hay referencias al cine anterior, un cartel enorme de Elizabeth Taylor en De repente, el último verano (1959) que, de alguna manera, sirve de premonición del destino de uno de los protagonistas.

En ocasiones la historia es predecible, aunque eso no nos importa. La película juega a dar información de antemano y crear expectativas. Esta estructura narrativa en general funciona bastante bien. Hace que nos hagamos preguntas, que tengamos inquietud por lo que va a pasar y estemos atentos a lo que vendrá. Sabemos que uno de los personajes principales, David, va a morir. No sabemos cómo ni cuándo, pero sospechamos que el protagonista, Alex, puede ser el asesino. Ambos se enamoran en el verano de 1985. Para David es un juego, para Alex mucho más que eso.

En un momento dado hacen un juramento: si uno de los dos muere primero, el otro deberá bailar sobre la tumba del muerto. Llega la muerte de David, así que le toca a Alex cumplir su promesa. Intenta realizarla en una ocasión, pero cuando encuentra la tumba de su amigo, de su amor, sufre tanto que quiere desenterrarlo. Una imagen profundamente poderosa que recuerda al poema Elegía de Miguel Hernández: “Quiero escarbar la tierra con los dientes, quiero apartar la tierra parte a parte a dentelladas secas y calientes. Quiero minar la tierra hasta encontrarte y besarte la noble calavera…”. Calaveras y fotografías de momias rodean la habitación de Alex. Es un joven obsesionado con la muerte. Frente a esa imagen tan poderosa del joven escarbando en la tumba, la escena posterior en la que, finalmente, consigue bailar sobre la tumba al ritmo de Rod Stewart es tierna, pero resulta anticlimática. Innecesaria. Al igual que el episodio en la morgue que no hace otra cosa más que alargar el final y hacernos desear que todo acabe ya.

La historia está contada desde el punto de vista del protagonista. Lo que vemos son las imágenes que ha descrito Alex en su novela, que es a la vez confesión para intentar que su castigo por haber profanado una tumba sea menor. Como es su punto de vista no sabemos si todo lo que ha pasado ha sido así de verdad o es producto de su imaginación, y nos deja con una triste reflexión que seguramente queramos evitar ¿nos inventamos a quienes amamos? El padre de Alex, que no sabe nada de su relación amorosa con David, le pregunta desde cuando le conoce. Seis semanas, responde su hijo. Tampoco es tanto tiempo. Para Alex esas seis semanas lo han sido todo. Ha subido a lo más alto y ha descendido a los infiernos.

 

 

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