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Carla Pereyra #RecomiendaAlaECAM joyas de la cinematografía boliviana

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Carla Pereyra estudió Bachillerato de Artes en La Rioja mientras se profesionalizaba como fotógrafa en productoras locales, instituciones públicas y empresas privadas. Continuó su formación en Madrid, en la Escuela SUR, de donde extrajo la dirección y producción del documental Unknown expuesto en el CBA y fue encargada del montaje y planteamiento audiovisual de la exposición Odiosis Corpus dentro de las residencias artísticas para jóvenes en Injuve junto al Colectivo Austral del que es miembro fundador. Todo este recorrido la ha llevado a convertirse en alumna de la ECAM de Curso común con la intención de convertirse en Directora de Fotografía.


Cuando pensamos en cine iberoamericano es probable que una de las últimas opciones que incluyamos sea el cine boliviano. Conocemos el cine brasileño, mexicano, argentino… No somos conscientes de la gran oferta cinematográfica que nos ofrece este diverso país.

Un imprescindible en este breve listado de películas es sin lugar a dudas El día que murió el silencio, película dirigida por el memorable Paolo Agazzi en 1998. Conocido por otros films como Mi socio (1983) y Los hermanos Cartagena (1984) ; Agazzi dejó a todo el país conmocionado con esta pieza en la que de una forma ficcional y poética nos presenta un pequeño pueblo boliviano, llamado Villaserena, en el que vive el que será nuestro narrador, Óscar, un escritor de avanzada edad que encuentra su inspiración definitiva con la llegada de un locutor de radio, Abelardo, quien se ha propuesto instalar una radio local en todo el pueblo siendo consciente del cambio que esto generará en la sociedad, puesto que a la tranquila Villaserena, ni tan siquiera había llegado la red eléctrica. Abelardo continuará con la gestión de su radio la cual rentabiliza cobrando a los habitantes pequeñas cantidades a cambio de leer dedicatorias, poner canciones etc. Volviendo a nuestro narrador, considerará estancada su historia hasta el encuentro de Abelardo con la joven Celeste, una hermosa chica que vive encadenada en el jardín de su casa, controlada por su padre, quien años atrás perdió el juicio por la infidelidad y abandono de la madre de Celeste. Esta es la línea que sigue el narrador a lo largo del film.

Otro título destacable de la década de los 90 es Para recibir el canto de los pájaros escrita y dirigida por Jorge Sanjinés en 1995. Una productora de la ciudad de La Paz viaja a una comunidad indígena boliviana, Janco Amayu, para realizar un largometraje acerca de las masacres de los colonizadores a los pueblos indígenas en el siglo XVI. La productora pretende que los habitantes participen en el film como extras a cambio de una pequeña remuneración. Los indígenas se niegan a colaborar creando una situación de tensión durante una buena parte del rodaje, en este tiempo los indígenas se centrarán en la organización de una de sus celebraciones locales, la llegada de los pájaros cuyos cantos serán la inspiración para los músicos locales a lo largo del año; mientras, la productora no desistirá en su intención de lograr la colaboración de las gentes de Janco Amayu.

Queriendo mostrar una gran tradición boliviana como es el carnaval de Oruro, tenemos el título Esito sería, escrita y dirigida por Julia Vargas Weise en 2004, nos presenta como personaje principal a Gaude, un músico argentino de la orquesta sinfónica que viaja a Bolivia a reencontrarse con un amigo del pasado, una vez allí descubre que su amigo había fallecido por una reciente enfermedad. Gaude se alojará con la hermana de su difunto amigo, Rosa, una mujer dulce y afligida que de una forma u otra guiará a Gaude el tiempo que esté Bolivia, llegando a convencerlo de participar en el carnaval de Oruro en honor a su amigo. En los ensayos conocerá a Carmen, esposa y madre de 2 hijos que vive cohibida por su marido controlador. Ambos encuentran en el otro esa parte de ellos mismo que necesitaban, pero no será fácil para ellos manejar dicha situación.

Rompiendo un poco la imagen cinematográfica más recatada, tenemos Jonás y la ballena rosada (1995). Se la considera la primera película boliviana con carga erótica explícita y visual, el protagonista, Jonás, lleva una vida tranquila como profesor y esposo, todo irá bien hasta que su familia política se adentre en su vida y en la de su hipocondríaca esposa, Talia. Su suegro quiere que administre la construcción del mausoleo familiar, y su suegra, controla en realidad a toda la familia a través de mentiras y manipulaciones. Toda esta circunstancia lleva a Jonás a huir al sótano a practicar su pasión, la fotografía. Julia, su cuñada, una hermosa e irreverente joven irrumpe en su espacio y vida bajo la excusa de aprender fotografía, pero acabará convirtiéndose en la mayor obsesión de Jonás.

Por último, y para cambiar el tono dramático estandarizado en las películas antes comentadas, llega la comedia ¿Quién mató a la llamita blanca? dirigida en 2006 por Rodrigo Bellott. Los Tortolitos, una pareja de famosos criminales bolivianos, reciben un encargo de llevar 50kg de cocaína a la frontera de Brasil. Durante su viaje les seguirá una curiosa pareja de policías antinarcóticos compuesta por un teniente corrupto y aficionado a consumir las sustancias que incauta, y su subalterno, un mestizo alemán-boliviano que desprecia a los bolivianos no nacidos en su localidad: Sta. Cruz de la Sierra. Lo más destacable de este film es la innovadora visión del director a la hora de incluir en montaje rótulos, efectos visuales, letras de canciones etc. Además de la ruptura de lo que en teatro llamamos cuarta pared en la que diversos personajes típicos de Bolivia nos narran la historia mientras sacan a relucir la corrupción, racismo y demás defectos de la patria boliviana.

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